Hombre de verdad


Luisa se regocija viendo un programa de televisión en la sala de estar.
María, una compañera de clases suya, regresa de la cocina, con unas deliciosas panquecas que ha preparado para ambas.
“Uy, mi amiga, mira a ese hombre, jugando futbol con su hijo. Ese si es un hombre de verdad!”
exclama llena de emoción María, mientras observa con detenimiento la pantalla del televisor.
“Luisa, ven a ayudarme con la silla de ruedas de tu papá por favor. Vamos a ir a colocarle unas flores a tu hermanito”
grita la madre de Luisa desde el patio de la casa.

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Charlas con sabor a café


Maria y Gabriela, dos amigas desde la niñez, conversan
sobre sus problemas personales en una pequeña
tienda de café ubicada en la ciudad donde ambas residen.
Ambas mujeres tienen veintiseis años de edad
y contrajeron matrimonio casi que al mismo tiempo hace cuatro años.
A poco tiempo de casarse, cada una dio a luz a un niño.
El hijo de Maria fue llamado Juan, igual que su padre.
El de Gabriela también fue llamado como su padre, Eduardo.

Entre una y otra conversación, Gabriela le dice a Maria:
“Mi amiga, como me gustaría que mi esposo fuera como el tuyo.
Con una fortuna inmensa y que sea un completo extraño para mi hijo.
Estoy cansada de que el mio solo me lleve a Paris o a Londres
una vez al año. Y sobre todo cansada de las burlas que recibo de
la gente al decirme que Eduardo pareciera la mamá de Eduardito.
La gente no entiende que yo nunca quise quedar embarazada y que
Eduardito fue un accidente. Yo no nací para ser madre
y estar cuidando de un niño.”

Maria le contesta: “Mi amiga, no sabes todo lo que yo daría
por que Juan aunque sea una vez abrazara y le proporcionara afecto
a Juancito. Aunque sea una vez mi amiga. Yo lloro todas las noches
pidiendole a Dios que eso suceda. Y con respecto a los
viajes y regalos que mi esposo me concede: Juan siempre me recuerda
que si yo algún dia decidiera abandonarlo, me haría pagarle
hasta el último centavo que ha gastado en mi.”