Ingratitud


El año en el calendario marcaba 1998.
Con muchisimo esfuerzo y sacrificio, Jaime Rodriguez, un padre honrado y trabajador había comprado una computadora.
Luego de efectuar numerosas diligencias, logró dotar la maquina con acceso a Internet.
La felicidad que abundaba en su corazón era monumental al poder presenciar con sus propios
ojos un sitio web llamado Google!. Era el primer sitio web que visitaba y el que a futuro
se convertiría en el más visitado.
El hijo de Jaime, llamado igual que su padre, tenía para aquel entonces diez años de edad.
Era un fanatico ávido de los videojuegos. Solía pasar horas jugando en el Nintendo 64 que su
tio Tomás le había obsequiado para su decimo cumpleaños.
Su madre, Esmeralda de Rodriguez, lo regañaba constantemente por las largas horas que pasaba
frente al televisor jugando a Super Mario 64, el único juego que poseía, también obsequiado por su tio Tomás.
El pequeño niño le contestaba frecuentemente a su madre “Quiero llegar al tope del castillo y para eso necesito
conseguir cientoveinte estrellas mamá. Tengo que trabajar fuerte para alcanzar esa meta.”
Un dia, el padre de Jaime le permitió a su adorado hijo jugar videojuegos
por Internet en su computadora,
con la condición de que al pasar exactamente
una hora, debía apagarla.
De manera muy breve, le enseñó como usar el navegador Internet Explorer y como debía apagar la máquina.
El pequeño Jaime se llenó de una inmensa alegria al poder interactuar por primera vez con aquella apreciada máquina
y conocer cómo era jugar videojuegos por Internet.
Durante una hora exactamente, estuvo divirtiéndose con unos muy divertidos videojuegos alojados en un sitio web llamado
nickelodeon.com.
Este era el sitio web de un canal de televisión infantil que aún hoy en dia sigue cosechando muchos éxitos.
Uno de sus amigos de la escuela, llamado Victor, proveniente de una familia muy adinerada,
fue quién le recomendó dicho sitio web.
Al percatarse de que se había cumplido la hora que su padre le había concedido para usar la computadora, el pequeño
Jaime cerró el navegador Internet Explorer y apagó la máquina tal cual cómo su padre le había enseñado.
Luego de salir de la habitación donde se encontraba la computadora, su padre le preguntó
con una sonrisa inmensa en su rostro, como esas que provienen del alma:
“Mi hijo, que tal te pareció el Internet?”
y el pequeño Jaime le contestó “Como quieres que te responda eso papá? Explicame!
Si solo me dejaste jugar por una estupida hora. El papá de Victor le permite a su hijo jugar todas las horas
que el quiera. Ese si es un buen padre, no cómo tú.”
La sonrisa que iluminaba el rostro del Señor Jaime murió repentinamente cómo producto
de un infarto fulminante al recibir dicha respuesta de su adorado hijo.

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